Romasanta – El Hombre Lobo de Allariz

admin 1 mayo, 2013 10

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Manuel Blanco Romasanta fue un asesino español del siglo XIX. Medía apenas 137 centímetros, pero eso no le impedía asesinar brutalmente a sus víctimas para sacarles la grasa y venderla junto a las pertenencias de  estas. Según confesó en la corte, mataba bajo el influjo de una maldición que lo convertía en hombre-lobo…

Manuel Blanco Romasanta nació un 18 de noviembre de 1809 en la localidad de Regueiro, en la aldea de Santa Olaia de Esgos. Sus padres, de escasos recursos económicos, fueron Miguel Blanco y María Romasanta.

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Dibujo, hecho en base al cráneo de Romasanta, sobre el verdadero aspecto que tendría el rostro de éste

Según su partida de nacimiento, Romasanta aparece como “Manuela”; aunque ocho años después, en un registro parroquial, figura como “Manuel Blanco Romasanta”. La razón de esto, según el responsable de la Unidad de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia, Fernando Serrulla, está en que Romasanta sufría de pseudohermafroditismo femenino, una condición que solo afecta a uno de entre cada 10.000 o 15.000 nacidos, aproximadamente. Esta condición haría que, naciendo mujer, segregue una cantidad tan grande de hormonas masculinas que sufra un periodo de masculinización en el que desarrolle características de hombre. Así se explican su barba y otras cosas, y se cree que, debido a esa condición, su clítoris habría crecido tanto que parecería un micro-pene… También se sabe que el pseudohermafroditismo femenino genera episodios de fuerte agresividad, y ello ha motivado la especulación de que su trastorno sexual pudo haber participado en el origen de su conducta criminal. Resulta así natural, a partir de la explicación dada, el que Romasanta desde pequeño haya realizado tareas femeninas como coser, bordear, calcetear, y cortar trajes y vestidos.

En cuanto a la adolescencia de Romasanta, no se sabe mucho, excepto que aprendió a leer y escribir, por lo cual algunos han pensado que su familia tenía buenos recursos económicos.

Ya a sus 21 años, Romasanta se casó —le gustaban las mujeres, era psicológicamente más hombre que mujer— con Francisca Gómez Vázquez, un jueves tres de marzo de 1831. Francisca era vecina suya en la aldea de Soutelo, y le aventajaba en edad por un año y medio. Naturalmente (ya se sabe por qué) Romasanta no tuvo hijos con Francisca, y trabajó como sastre en una parte de su corta vida matrimonial, puesto que Francisca murió un 23 de marzo de 1834.

Romasanta y sus asesinatos

Durante el tiempo en que Romasanta estuvo en su parroquia natal, se comportó adecuadamente y no levantó sospecha alguna; pero, poco después de comenzar su vida ambulante (como vendedor de quincalla), surgió el rumor de que había asesinado en Castilla a un criado del prior San Pedro de Rocas. También fue sospechoso de matar al vendedor Manuel Ferreiro en 1834, y se sabe que en 1843, habiéndole dado palabra de matrimonio a una mujer (Catalina Fernández) 18 años mayor que él, tuvo que huir de tierras leonesas porque era sospechoso de haber asesinado a Vicente Fernández, el alguacil de León, ya que éste pensaba embargarle una tienda por deudas.

Todas las cosas antes mencionadas hicieron que el diez de octubre de 1844, pese a la falta de pruebas, el Juzgado de Primera Instancia de Ponferrada le condenase a diez años de presidio. Querían condenarlo a muerte, pero Romasanta no compareció y las pruebas no aparecieron. Ante la condena impuesta y posteriormente confirmada por la Audiencia de Valladolid, Romasanta escapa y se oculta en Galicia, dentro de la parroquia de Rebordechau-Vilar de Barrio.

En Rebordechau, durante los primeros dos años, Romasanta vive y trabaja de jornalero en la casa de Andrés Blanco, desapareciendo (por días o incluso semanas) en los meses de menor actividad para ir a Portugal y regresar trayendo mercancía de contrabando para venderla en fiestas y mercados. Según se sabe, Andrés Blanco apreciaba a Romasanta por su carácter afable, su actitud comedida y su buena disposición para colaborar en lo que sea menos el sacrificio de animales; ya que, paradójicamente (pues fue un asesino), no soporta ver correr la sangre de esas inocentes criaturas.

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Manuela García Blanco, al igual que la mayoría de víctimas de Romasanta, encajaba con el perfil de madura solterona. Romasanta enamoraba a este tipo de mujeres, y después las convencía para viajar a un sitio en que supuestamente les conseguiría un buen trabajo, pero en el camino las mataba. Arriba vemos una imagen (de una película sobre Romasanta) que ilustra el método descrito.

En el año 1845, estando en casa de Andrés Blanco, Romasanta se hace amigo de Manuela García Blanco, una mujer diez años mayor que él, y con un historial sentimental bastante agitado, ya que a los 37 tuvo una hija estando soltera, después se casó con Pascual Merello y enviudó, luego se casó con Pascual Gómez en 1838 y se divorció en poco tiempo. Siendo amigo de Manuela, Romasanta conoce a los hermanos de ésta: Benita, Josefa, María, José y Luis García Blanco.

Ya a comienzos de 1846, la amistad entre “El Canicha” (Romasanta) y Manuela se transforma en un amor, platónico según especulan los especialistas en base al pseudohermafroditismo que sufría. En esos mismos tiempos, Manuela y Petra (su hija) acompañan a Romasanta en sus ventas por parroquias vecinas.

En febrero del mismo 1846, Manuela, en su escasez de recursos económicos, pone en venta una casita que tenía en Rebordechau a unos sesenta reales, para ayudar a Romasanta con sus negocios. Posteriormente, el 30 de marzo, Manuela se ausenta de su hogar (no la casa que iba a vender) para concretar la venta de la casita, y entonces el malagredecido de Romasanta aprovecha para llevarse a Petra, de apenas trece añitos, a la Sierra de San Mamade. Luego, cuando Manuela vuelve con el dinero y le pregunta a Romasanta que dónde está Petra, éste dice que la envió, para servir de criada, en la casa de un cura de Santander, del cual Manuela le había hablado varias veces de forma favorable.

Confiando en la palabra de Romasanta y habiendo pasado unos ocho días, Manuela decide ir también a servirle al cura de Santander, en gran parte para estar junto a su querida hija. En cuanto a Romasanta, éste no solo que la anima a Manuela para que vaya donde el cura, sino que la acompaña.

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Ésta es una reconstrucción de su aspecto en base a estudios científicos de sus restos. Romasanta medía apenas 137 cm.

Pocos días después, Romasanta vuelve con toda la tranquilidad del mundo y, cuando le preguntan por Petra o Manuela, dice que están bien acomodadas, sirviendo de criadas en la casona del cura de Santander. No se imaginan que miente, y que es un malagradecido y un asesino, pues ha matado a Petra y a Manuela, las ha descuartizado, les ha sacado la grasa o “manteca” (para venderla), y ha dejado los despojos al aire libre, como para que su aroma atraiga a los lobos, que morderán los cadáveres y así, con sus colmillos, habrán de servirle posteriormente a Romasanta para construir la leyenda de que él se transformaba en hombre-lobo cuando asesinaba sin voluntad ni conciencia a las víctimas que años después habrá de confesar… Ahora, y a pesar de dar esa respuesta a la mayoría de personas, a Brígida Aguilar, esposa de Luis García Blanco, le dice que él les ha encontrado acomodo en Asturias a Manuela y a Petra, cuando en realidad jamás ha puesto un pie en Asturias. Inclusive, Romasanta llega al extremo de la mentira cuando, cierto día tras regresar de sus viajes de comercio, les dice a las hermanas García Blanco que ha recibido una carta de Manuela en la que ésta se muestra complacida del buen sueldo que está ganando y de su nueva situación.

Tras acabar con Manuela y Petra, Romasanta pone la vista en Benita García Blanco de 34 años, hermana menor de la fallecida Manuela, que tenía un hijo de 9 años (Francisco) y llevaba un matrimonio bastante complicado con un tal Francisco Núñez Somoza, en la aldea de Souteloverde.

Se da así que, a finales de enero de 1847, el abad de O Castro de Laza realiza el primer padrón como cura de la parroquia, y allí ve que en Souteloverde no está Francisco Núñez, ni su esposa Benita, ni el pequeño Francisco. Según le explican los vecinos al cura, Francisco Núñez se ha ido a San Xoán de Laza por conflictos conyugales, mientras que admiten no saber dónde han ido Benita y su hijo, aunque creen que probablemente, por no tener casa propia, han ido con algún familiar.  Es pues en esa situación que Romasanta se inmiscuye y, apoyándose en la falsa carta de Manuela (en la que dice estar contenta trabajando con el cura), convence a Benita para que viaje con Francisco a Santander, pues él le promete conseguirle un buen empleo en casa de un cura vecino del cura con el que supuestamente trabaja Manuela. Ingenuamente Benita cae en la trampa de Romasanta, y éste organiza el viaje de las víctimas en marzo de 1847.

A las pocas semanas, el vil Romasanta está vendiendo una colcha, tres camisas y la saya de Benita. Nadie se imagina que él, en medio del bosque, las asesinó brutalmente (tanto que les causó deformaciones óseas) el 13 de marzo, devoró parte de sus cadáveres y les sacó la manteca, dejando el resto a los lobos… Y en gran medida no se lo imaginan porque Romasanta miente con facilidad: a Luis García, hermano de Benita, le dice que Benita se ganó la lotería y puso a Francisco a estudiar Derecho; a María, también hermana de Benita, le dice que ésta y su sobrino Francisco viven a una legua de distancia, en casas de dos curas que son sobrino y tío.

De ese modo Romasanta tenía engañados a los familiares de sus víctimas, al punto de que María (la hermana de Benita) se entusiasma y, pese a sus 58 años, empieza a soñar con salir de la pobreza de la misma forma en que sus hermanas supuestamente lo hicieron con la ayuda de Romasanta. Por eso, en 1850, ésta le pide varias veces a Romasanta que le encuentre un oficio cerca de sus hermanas, pero Romasanta le dice que el viaje requiere dinero, y que para eso ella debe hacer el sacrificio de vender sus bueyes y demás bienes, ya que las primeras semanas en Santander le acarrearán muchos gastos. Ante ese pronóstico, María se desanima y opta por no viajar, puesto que no quiere apostar tanto. Pero Romasanta tiene otra víctima en la mira: Antonia Rúa Carneiro, vecina y comadre suya.

Con Antonia, Romasanta entabla un romance que no oculta a los del barrio, quizá porque así le conviene. Antonia es soltera, tiene dos hijas (María de 11 años y Peregrina de menos de 3), y un pequeño pero jugoso patrimonio heredado de su madre y valorado en 600 reales. A Romasanta le parece que puede engañar fácilmente a Antonia, y definitivamente ésta cae y hasta les cuenta a vecinos y parientes que Manuel le ha prometido casarse con ella y poner una tienda en Castilla. Sin embargo, en días anteriores, a unos vecinos les dice que trabajará de criada en Ourense, con un amo viudo que tiene dos hijos; mientras, a otros les cuenta que trabajará para un amo rico, en el mismo pueblo donde supuestamente están Manuela y Benita.

Con esos antecedentes, Romasanta parte junto con Antonia y la pequeña María, un Domingo de Ramos del año 1850. Previamente Antonia le ha vendido a Romasanta todas sus propiedades, quedándole éste a deber el importe de la venta.

Dos o tres días después, Romasanta vuelve a Rebordechau con unas cabras compradas en Riobó, y allí en Rebordechau se posesiona de las tierras de Antonia Rúa. Afortunadamente María Dolores, la hija mayor de la difunta Antonia, no viajó con su madre y su hermana, pues se ha quedado con su tía Josefa; sin embargo, poco después va a casa de Luis García Blanco, y allí permanece casi dos meses, hasta que Romasanta se la lleva a vivir con él, cosa que ella acepta pues éste le ofrece mejores condiciones de vida, y efectivamente la trata bien durante varios meses, hasta que en otoño de 1850 le propone llevársela con su madre. La niña, en su inocencia, no sabe que ha aceptado un viaje sin retorno…

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Arriba vemos la portada de una película inspirada en Romasanta, quien se convirtió en leyenda debido a que sostuvo la historia de que mató a sus víctimas bajo una maldición que lo convertía en hombre-lobo…

Naturalmente los vecinos y familiares de las víctimas piden noticias, y Romasanta les dice que todas están bien. Cosa rara: solo a Romasanta le escriben, ¿será que se han olvidado de sus otros amigos y de sus familiares?…  Además ninguno de los que se fue ha vuelto de visita, y ninguno de los trabajadores ambulantes que pasan por Asturias y Santander sabe cosa alguna de cualquiera de las personas que partieron.

Romasanta debe parar ya si no quiere que las miradas suspicaces caigan sobre él, pero aún así pone sus ojos en Josefa García Blanco, una solterona de casi cincuenta años que tiene un hijo de 21 años cuyo padre nadie sabe quién es, ni siquiera ella misma… Ella es un blanco fácil y Romasanta lo percibe, de modo que empieza a visitarla día y noche en la mula del párroco, haciéndose amigo de ella y luego enamorándola.

Cuando ya la tiene conquistada, le hace la misma oferta que a sus demás víctimas: conseguirle un empleo en otra localidad. Sin embargo Josefa está indecisa, mas Romasanta es astuto y en noviembre de 1850 le propone que puede llevar primero a José, para que éste visite a sus tías y vea si le gusta la buena vida que hay allá en Santander…

La propuesta parece sensata y José y su madre aceptan. A los pocos días, José parte junto con Romasanta hacia Santander. El chico está entusiasmado, y hasta lleva puesta una capa nueva de color castaño, hecha con paño de Tarragona. Unos tres o cuatro días después, el psicópata vuelve abrigado con la bonita capa de José, quien supuestamente se la ha regalado. Al párroco le gusta la capa y se la compra por setenta reales: no tiene idea de que su dueño ha sido asesinado salvajemente, que la han quitado la grasa y han dejado sus despojos al amparo de los lobos. Y es que resultaría difícil de creer que, con su estatura de 1,37 metros, Romasanta pudiese matar a tantas personas y de un modo tan brutal…

Ante la ausencia de José, Josefa creyó que su hijo se había quedado con las tías porque la vida era agradable allá en Santander, con esos empleos bien pagados que Romasanta conseguía con impresionante habilidad. Pero eso no era todo, porque además Romasanta aseguraba que le había conseguido empleo de criado al chico, en la casa de un cura rico que pagaba una onza de oro al año. Para hacer más creíbles sus palabras, el embustero le mostró a Josefa una carta falsa de José, en la cual éste contaba cómo todo iba de maravilla. No había más tiempo que perder: ella debía reunirse con su hijo y emprender una vida mejor.

Así, un día de año nuevo de 1851, Josefa sale con Romasanta hacia Santander. Lleva puesta una saya negra de lana y lino, un mandil de picote, un justillo de terciopelo, un pañuelo de estambre azul, y unos bonitos zapatos.

Como siempre, Romasanta regresa en tres o cuatro días, y en cuestión de semanas vende, en parroquias vecinas, la ropa y otras pertenencias de su más reciente víctima. En el colmo de su descaro, Romasanta no vende los zapatos de la víctima, sino que se los lleva a Luis García Blanco, diciéndole que son un regalo de la tía Josefa para su hija…

Partiendo el pan entre sospechas y rumores

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Romasanta era un “sacamantecas” que extraía la grasa de sus víctimas y la vendía en Portugal, cercano a la provincia en que vivía (arriba, marcada con color rojo).

Las sospechas comenzaron a partir de gente que comentaba haber visto a Romasanta vendiendo posesiones de las personas a las que supuestamente acompañó a Santander. Sin embargo, un episodio clave fue cuando José García Blanco, hermano de las García Blanco, visitó a Romasanta en su casa y Romasanta le sirvió un apetitoso pan, que cortó con una bonita navaja grande, de mango blanco y pintas negras: era la navaja de su hermana Josefa. Fue en ese momento siniestramente revelador cuando, al ver la hoja de la navaja abriéndose paso en el grueso pan, los rumores que circulaban encendieron su intuición y, sobre la imagen del civilizado Romasanta que partía el pan, apareció otro Romasanta salvaje y brutal, que entre las sombras y el follaje extirpaba la grasa del cuerpo de su hermana. Ese otro Romasanta debía ser uno de esos “sacamantecas” de los que tanto se hablaba, ese otro Romasanta era el verdadero, el real, el asesino embustero…

¿Un hombre lobo en la corte?

En febrero de 1852, Romasanta estaba tan angustiado por los rumores de que él era un sacamantecas que había asesinado a sus víctimas para quitarles la grasa y venderla en Portugal (país situado bastante cerca de Rebordechao), que se había hecho con un certificado falso en el que figuraba como “Antonio Gómez” y era oriundo de Montederramo. Con ese documento solicitó y obtuvo un pasaporte interior para viajar a Castilla; pero, cuando se encontraba en Nombela dentro de Toledo, tres paisanos lo reconocieron y el alcalde dispuso su detención en julio de 1852.

Primeramente, en el Juzgado de Escalona, Romasanta negó todo, y hasta dijo que Manuel Blanco Romasanta era primo suyo, ya que le habían encontrado un documento con su verdadera identidad.

Posteriormente Romasanta fue trasladado al Juzgado de Verín, y allí confesó algo estremecedor que rondaría en el imaginario popular por décadas. Admitió matar a trece personas, pero dijo que no era su culpa, que sufría una maldición que lo convertía en hombre lobo, que esas metamorfosis lo torturaban desde hace trece años, y que habían cesado misteriosamente justo tres días antes de su detención. En su elaborada mentira, profirió palabras tan delirantes como estas: ‹‹Me encontré con dos lobos grandes con aspecto feroz. De pronto, me caí al suelo, comencé a sentir convulsiones, me revolqué tres veces sin control y a los pocos segundos yo mismo era un lobo. Estuve cinco días merodeando con los otros dos, hasta que volví a recuperar mi cuerpo. El que usted ve ahora, señor juez. Los otros dos lobos venían conmigo, que yo creía que también eran lobos, se cambiaron a forma humana. Eran dos valencianos. Uno se llamaba Antonio y el otro don Genaro. Y también sufrían una maldición como la mía. Durante mucho tiempo salí como lobo con Antonio y don Genaro. Atacamos y nos comimos a varias personas porque teníamos hambre.››

Tras estar en Verín, Romasanta fue transferido al Juzgado de Allariz, donde pasaría a la historia como el mítico “Hombre Lobo de Allariz”.

El hallazgo de restos óseos, junto con sus confesiones y el informe médico, bastaron para que el 6 de abril de 1853 Romasanta fuera condenado a morir en el “garrote vil”. Pero antes la sentencia debía ser remitida a consulta en la Audiencia de La Coruña, donde en primera instancia se revocó y cambió por cadena perpetua; aunque luego, tras un segundo proceso indagatorio, se le volvió a imponer pena capital el 23 de marzo de 1854.

La ayuda de la reina

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Ésta es la reina Isabel II, que salvó a Romasanta de la pena capital, haciendo que se le imponga la cadena perpetua.

El caso de Romasanta había tenido tal repercusión que llegó a oídos de un tal Mr. Philips, quien vivía en Argel y decía ser profesor de Electro-Biología. Este Mr. Philips le pidió a la reina Isabel II que le preste a Romasanta para experimentar en él sus “recientes avances” en el terreno de la hipnosis, agregando a eso el diagnóstico de que Romasanta debía padecer “un tipo de monomanía” catalogable como “licantropía”.

Sumada a la voluntad científica de Mr. Phillips, estaba la carta que el abogado de Romasanta envió a la reina, en la cual suplicaba indulgencia para el acusado basándose en el hecho de que no existían pruebas definitivas.

Por todas esas cosas, el 13 de mayo de 1854 una orden de la reina conmutaba la pena capital por cadena perpetua. Romasanta estaba a salvo, pero el excéntrico Mr. Philips nunca piso España para experimentar con el supuesto hombre lobo.

El fin del Hombre Lobo de Allariz

Según el artículo 94 del Código Penal de 1848, la cadena perpetua podía cumplirse tanto en España como en África, en las Canarias o en ultramar. El Periódico para todos, publicó el 11 de octubre de 1876 que Romasanta fue conducido a Ceuta, y que allí vivió: ‹‹sin que diese muestras de padecer enajenaciones mentales, ni monomanías de ninguna especie.››

Anteriormente, el diario Iberia había publicado el 23 de diciembre de 1863 una breve nota sobre la muerte de Romasanta, y el diario La Esperanza publicó lo siguiente un 21 de diciembre del mismo 1863: ‹‹Escriben desde Ceuta, con fecha del 16 del corriente, que el desgraciadamente célebre, Manuel Blanco Romasanta, conocido en toda España por el Hombre Lobo, por consecuencia de sus atrocidades y fechorías, y que, juzgado en La Coruña, fue condenado a presidio, falleció en aquella plaza el 14 del actual, a la edad de cincuenta años, siendo víctima de un cáncer en el estómago.››

La verdad detrás de la leyenda

Durante el juicio se demostró que Romasanta fue el último en ver vivos a los nueve desaparecidos, que vendió las pertenencias de éstos, que escapó de Galicia con una identidad falsa, y que recurrió al engaño y a la manipulación reiteradas veces.

Pese a lo anterior, nunca aparecieron los cadáveres. Todo cuanto había eran unos huesos humanos encontrados en el bosque donde Romasanta decía haber matado; y donde, según el abogado de Romasanta, varias personas fueron asesinadas por lobos. Los otros cuatro asesinatos confesados, fueron obviados por la Justicia pues se determinó que habían sido producidos por auténticos lobos.

En cuanto a los otros dos hombres lobo que Romasanta mencionó en sus confesiones, estos jamás fueron indagados, pese a que Romasanta afirmaba que uno de ellos había escrito las falsas cartas y el falso certificado de identidad. No obstante, sí se pudo comprobar que la letra de las cartas no era la letra de Romasanta.

Ahora bien, sabemos que Romasanta negó todos los cargos al comienzo, pero después mantuvo hasta las últimas su historia del hombre lobo… ¿Por qué?, ¿realmente él mismo se creía esa historia? Según las leyes de la época: si confesaba directamente los asesinatos, sufría pena capital; si los negaba (podía hacerlo, faltaban los cuerpos), iba a cadena perpetua por detención ilegal; pero, si conseguía hacerse pasar por loco, se le eximiría de responsabilidad criminal, aunque se le internaría en un manicomio. Lo último era lo mejor y Romasanta, siendo inteligente, aprovechó que vivía en una época llena de supersticiones. Por ello, a su caso se aplican las palabras que Martínez Pérez escribiera sobre la licantropía como ideación delirante en su libro La gestión de la locura: conocimientos, prácticas y escenarios; cito: ‹‹Puede justificar crímenes planeados simulando ser víctima de un maleficio que lo convierta en lobo con utilización de las creencias populares en beneficio propio y el agravante de heteroagresividad en rango de homicidio con dudosa resonancia afectiva en el autor de las consecuencias de sus actos. Serían los que en la historia de la psiquiatría se denominaron degenerados morales.››

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Romasanta nunca desistió de hacer creer que se transformaba en hombre-lobo, pero los médicos de la corte no le creyeron. Dice de él el informe médico: ‹‹se evidencia que el Manuel Blanco no es loco, ni imbécil, ni monomaniaco, ni lo fue, ni lo logrará ser mientras esté preso, y por el contrario de los datos referidos resulta que es un perverso, consumado criminal, capaz de todo, frío y sereno, sin bondad››

Sin embargo el cuento del hombre lobo no recibió credibilidad en las cortes, y los médicos consideraron que era un montaje, escribiendo sobre Romasanta en el informe médico:

‹‹Manuel Blanco calcula medios, mide y combina tiempos, modos y circunstancias; no mata sin motivo, ni acomete sin oportunidad; conociendo que hace mal se oculta, seduce para robar; mata para ocultar, reza para seducir; conoce el deber y la virtud para desoírlos; luego de su conformación de sus actos, de su historia, de sus disculpas mismas se evidencia que el Manuel Blanco no es loco, ni imbécil, ni monomaniaco, ni lo fue, ni lo logrará ser mientras esté preso, y por el contrario de los datos referidos resulta que es un perverso, consumado criminal, capaz de todo, frío y sereno, sin bondad y con albedrío, libertad y conocimiento; el objeto moral que se propone es el interés; su confesión explícita fue efecto de la sorpresa, creyéndolo todo descubierto; su exculpación es un subterfugio gastado e impertinente; los actos de piedad una añagaza sacrílega; su hado impulsivo una blasfemia; su metamorfosis un sarcasmo.››

Fue pues por la reina Isabel II que se salvó Romasanta. Hoy la gente habría empleado la palabra “psicópata” para referirse a él; aunque, si buscamos los diagnósticos precisos que los especialistas actuales emitirían, podríamos citar lo que David Simón Lorda y Gerardo Flórez Menéndez escriben en El Hombre-Lobo de Allariz (Ourense), 1853: Una visión desde la Psiquiatría actual. A saber: ‹‹…los datos biográficos del caso del “hombre-lobo” Manuel Blanco Romasanta así como lo que podemos inferir de los informes de los médicos que lo reconocen en Allariz, no indican que estemos ante un proceso psicótico sino más bien ante un caso de un trastorno de la personalidad. El pragmatismo y la obtención de beneficio a cualquier coste, siempre ajeno a su persona, aunque con don de gentes y seducción, orientan hacia un trastorno de personalidad. El recuerdo íntegro y la planificación de los hechos, en principio nos descartarían una epilepsia y el descontrol de impulsos ligados a esta entidad (…). Afinar un poco más en qué tipo de trastorno de personalidad puede ser tarea difícil, pero nos inclinamos por el Trastorno Antisocial de Personalidad (…), o por un diagnóstico de “Psicopatía” en la línea de R. D. Hare.››

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10 Comments »

  1. Dragon Rojo 3 mayo, 2013 at 6:40 - Reply

    Dicen que los chiquitos son los peores.

  2. loko666 4 mayo, 2013 at 21:51 - Reply

    Los chiquitos me dan miedo

  3. María 6 mayo, 2013 at 14:21 - Reply

    Lo que no entiendo es cómo con su tan baja estatura enamoraba a las mujeres tan fácilmente…

  4. No sean... 19 mayo, 2013 at 22:30 - Reply

    No sean tontos, la estatura no define la maldad de una persona, la persona más amable que eh conocido en mi vida es de baja estatura, y la persona más detestable que eh conocido en mi existencia era de alta estatura.

  5. Luis Camiletti 23 mayo, 2013 at 22:47 - Reply

    Estoy de acuerdo que la estatura no define la maldad de una persona, y agrego que puede ser cualquier persona que sufra de desequilibrio mental, puesto que se ha demostrado que la persona atacada psicosomáticamente, puede idear inteligentemente todo tipo de fechorías criminales y ocultar su verdadera personalidad confundiendo su entorno.

    • SOUSA-POZA 17 noviembre, 2015 at 7:27 - Reply

      Home pequeno, saco de veneno.

  6. Pepe el gordo 25 enero, 2014 at 19:10 - Reply

    Que mal escrito. ¿Murió un 23 de marzo de 1834? ¿Cómo se puede escribir tan mal? ¿Cuantos 23 de marzo de 1834 han habido?

  7. maría b 10 marzo, 2014 at 10:53 - Reply

    a ver en esos tiempos de 1800 la gente era mucho mas baja que ahora, el media 137 pero la mayoria de gente no pasada de 155, de hecho incluso gente mayor de hoy en dia mide 145 o 150 yo tengo varios casos asi en mi familia, antes la gente era mas bajita por lo general

  8. yannet romero 13 abril, 2014 at 21:05 - Reply

    Yo, conozco a una asesina venezolana, Elida Aponte Sanchez, convicta y confesa, que fue descrita por los psiquiatras como: “Desde sus primeros años una individua psicopática, una degenerada con una vida emocional reactiva y desnivelada, con extremas fluctuaciones entre el bien y el mal, dificultad para centrarse, tendencia a sentirse mal con facilidad y temperamento impulsivo; con defectos morales precozmente emergentes tales como la mentira, la deshonestidad y una inclinación a cubrirse culpando cruelmente a gente inocente de sus propias fechorías; con una fuerte tendencia hacia una irregular forma de vida en lo concerniente a la sexualidad (es lesbiana)”

  9. Esta pagina me gusta 10 junio, 2014 at 5:18 - Reply

    Casi todos se apellidaban blanco…

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