Los verdugos más brutales (Parte2)

admin 4 octubre, 2016 5

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Los verdugos que presentamos en esta segunda parte efectuaban su trabajo con una eficiencia y una frialdad muchas veces escalofriante, ya sea ejecutando con la guillotina, con la horca, con la silla eléctrica, o incluso con una afilada cimitarra.

Albert Pierrepoint

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Albert Pierrepoint, verdugo británico que empleaba la horca

Durante los 24 años en que sirvió a la Corona Británica, Albert Pierrepoint acabó con 433 hombres y 17 mujeres en la horca. Era veloz, eficiente, metódico, con los nervios de acero que requería una oscura profesión como la suya. En sus manos estuvieron Ruth Ellis (última mujer ahorcada en Inglaterra), el trastornado John George Haigh  alias “El Rey del Ácido”, el inocente Timothy Evans (a quien se culpó injustamente por matar a su hija), el despreciable John Reginald Christie (por quien Albert Pierrepoint tuvo que ejecutar injustamente a Timothy) y grandes criminales de guerra nazis, como Josef Kramer e Irma Greese.

Nacido en 1905, Albert fue el segundo de los tres hijos de Henry y Mary Pierrepoint. Influenciado por su padre y su tío (ambos verdugos), cuando tenía 11 años de edad, Albert escribió lo siguiente durante un ejercicio escolar: ‹‹Cuando salga de la escuela, me gustaría ser el verdugo oficial››. En el tiempo en que el pequeño Henry escribió esas escalofriantes palabras, estaba viviendo en casa de su tío Tom (el verdugo), quien se había ido a un viaje de negocios, dejándolo solo con su esposa, quien no tuvo reparos en dejarle leer el diario de ejecuciones que Tom tenía.

Al año siguiente, en 1917, Albert comenzó a trabajar en el Marlborough Mills en Failsworth, cerca de Odham, donde le pagaban 6 chelines semanales. Poco después, en 1922 Albert perdió a su padre, lo que significó un gran dolor pero también la oportunidad de quedarse con los diarios de verdugo, cuyas páginas leyó cuidadosamente. Para finales de esa misma década de los veinte, Albert comenzaría a trabajar de vendedor ambulante con una carretilla, aunque en 1930 aprendió a conducir coches y camiones para realizar sus entregas. Sin embargo todo eso no le interesaba en profundidad: lo suyo era ganarse la vida matando a otros en nombre de La Ley, y por eso envió una solicitud a la Comisión de Prisiones el 19 de abril de 1931, pero la respuesta fue que aún no había vacantes.

Para suerte de Albert, a finales de 1931, Lionel Mann, un asistente de verdugo con 5 años de experiencia, renunció y entonces él recibió un sobre oficial de invitación a una entrevista laboral. Se sentía muy contento, aunque a su madre no le simpatizaba para nada la idea de ver a su hijo ahorcando personas, por más malvadas que éstas fuesen. En todo caso y tras un curso de una semana en Pentonville, el 26 de septiembre de 1932, Albert pasó a engrosar la lista oficial de verdugos auxiliares. Apenas pagaban 1 ½ guineas por cada ejecución y otra vez esa misma cantidad si, tras dos semanas, mostraba conducta apropiada, cosa que incluía discreción, respeto, y nada de palabras para los periodistas; ya que, el amarillismo que solía envolver el tema, no hacía nada bueno a favor de la imagen del Estado.

Una vez obtenido el cargo de verdugo asistente y ya que no andaban ejecutando mucha gente en Inglaterra durante aquel año, la primera ejecución a la que Albert asistió fue en la prisión de Mountjoy, en Dublín (Irlanda), el 29 de diciembre de 1932. En esa ejecución, el verdugo en jefe fue su tío Tom, y el condenado era Patrick McDermott, un joven granjero que había asesinado a su hermano…

Fue recién el 17 de octubre de 1941 cuando Albert realizó su primera ejecución en condición de verdugo principal, teniendo que ejecutar al mafioso Antonio Mancini, quien exclamó “¡Cheerio!” (“adiós”) antes de subir a la trampilla.

Casi dos años después, el 29 de agosto de 1943, Albert se casó con Annie Fletcher, quien al comienzo no sabía del siniestro oficio de su marido: cuando lo supo, guardó silencio por meses, hasta que en enero de 1944, cuando su marido regresó de una doble ejecución en Gibraltar, la discusión estalló, aunque posteriormente se reconciliaron.

Hasta aquel entonces, la vida de verdugo de Albert no había tenido mucha intensidad, pero cuando la Segunda Guerra Mundial acabó, Albert comenzó en noviembre de 1945 lo que sería una intensa serie de ejecuciones, que le harían acabar con unos 200 criminales de guerra en aproximadamente cuatro años, durante los cuales, entre otros lugares, visitó Alemania, Holanda y Austria…

Fue en esos años cuando más se fortaleció la imagen de Albert como el verdugo eficiente, frío y a la vez humano, tal y como fue descrito en una nota del diario El País: ‹‹De camino al patíbulo, clavaba la mirada en el reo, inmovilizaba sus pies y manos, le cubría la cabeza con un trozo de tela blanca y le ajustaba la soga al cuello. Accionaba después la palanca de la trampilla hacia la muerte sin desvelar emoción alguna. También imponía respeto mientras liberaba el cuerpo del ahorcado, revisaba la profundidad de la herida y limpiaba su piel sin vida. “Esta persona ha pagado el precio por sus pecados. Lo que queda de él merece ser tratado con dignidad”, solía decir a sus ayudantes.››. Como puede verse, Albert respetaba a los condenados, no solo porque iban a sufrir su merecido, sino porque ese “merecido” implicaba una lucha con el mayor temor del ser humano, por lo que Albert dijo una vez: “Ellos están caminando a lo desconocido. Y ante cualquier persona que camine a lo desconocido, yo me quito el sombrero.”

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Ilustración en que se muestra a Pierrepoint (izquierda) ejecutando a Irma Greese (derecha), famosa criminal de guerra nazi conocida como El Ángel de Auschwitz

Otro aspecto importante de aquellos prolíficos años de verdugo, fue el salto a la fama que Albert experimentó cuando la Prensa descubrió su oficio y lo convirtió en una especie de héroe, ya que ajusticiaba a los nazis, vistos como monstruos en el ojo de la opinión pública. Y junto a la fama vino el dinero, en cantidad suficiente como para que Albert se montase la taberna Help the poor Struggler ―que posteriormente acabó siendo conocida como “The Poor Strangler” (El Pobre Estrangulador) ― y el pub Rose and Crown. Se dice que en ambos lugares se mostraba jovial, alegre y amable, que a veces hasta cantaba, pero también se sabe que, después de que la Prensa lo popularizara como el verdugo ajusticiador de nazis, muchos iban allí movidos por el deseo mórbido de ver a quien tantas veces, aunque fuera por una causa justa, había tocado eso que para la mayoría de nosotros permanece como inviolable enigma: acabar con la vida de otro ser humano…

Fue recién en 1956 cuando Albert renunció. Nueve años después se registraron las dos últimas ejecuciones en Inglaterra, y en 1965 el Parlamento de Westminster aprobó la abolición de la pena capital. En su autobiografía, Albert no explica por qué renunció ni muestra culpa alguna por su oficio, pero sí manifiesta escepticismo sobre el poder de la pena capital para disuadir a alguien de delinquir: ‹‹Si la muerte fuera disuasoria, yo debería saberlo. Todos los hombres y mujeres que he encarado en ese momento final me han convencido de que lo que yo he hecho no ha prevenido un solo asesinato. Si la muerte no sirve para disuadir a una persona, no debería preservarse para disuadir a ninguna otra››

Albert y su esposa Annie se retiraron a la ciudad costera de Southport: allí el gran verdugo vivió sus últimos cuatro años de vida en un asilo de ancianos, expirando el 10 de julio de 1992.

Mohammed Saad al-Beshi

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Mohammed Saad al-Beshi, verdugo saudita que ejecuta con cimitarra

Detrás de una línea irregular de ocho soldados vestidos con uniformes de color canela, aproximadamente sesenta hombres observan todo en los bordes de un patio de granito. El hombre que porta la espada luce elegante, casi espectral, con una impecable túnica blanca y un turbante de cuadritos rojos. La sombra de la muerte se mezcla con la luz implacable del sol mañanero de Riad. El hombre de blanco se aproxima al condenado, le toca el cuello con la espada para que sepa que el momento de partir ya viene, después retrocede un poco, pone la pierna derecha hacia adelante y la izquierda hacia atrás, alza la espada, la luz se refleja sobre la hoja afilada y ésta desciende con gran fuerza y velocidad sobre la parte posterior del cuello del condenado, y en instantes rompe la piel, el músculo, atraviesa el hueso creando un ruido seco, y la cabeza cae, junto a las gotas de la roja cascada que emerge del cuello de aquel cuerpo inerte que se balancea un poco hacia adelante y finalmente se desploma un poco hacia la derecha. Ahora el verdugo limpia su espada con un paño blanco que arroja a lo lejos. Después aparece una camioneta amarilla, dos uniformados descienden de ella, toman el cadáver y la cabeza, los trepan a una camilla y los colocan en la camioneta. Entonces suena el altavoz y enumera los crímenes del decapitado: “violación, tráfico y posesión de drogas”. El verdugo enfunda la espada, un soldado barbón lo aplaude y después llega un portero para limpiar la sangre que ensució el granito de la Plaza Deera o “Plaza de la Justicia”, un lugar donde miles de saudíes han derramado su sangre, tanto por hechos atroces como el asesinato, como por cuestiones menores como la brujería o la apostasía…

La escena anterior se basa en un artículo escrito por Adam St. Patrick para la revista The Walrus, y expresa una realidad que frecuentemente Saad al-Beshi protagoniza, haciendo el siniestro papel del verdugo vestido de blanco. Y es que las decapitaciones de la Plaza Deera son una realidad relativamente frecuente, al punto de que Saad al-Beshi afirma que una vez ejecutó a 10 personas en un solo día. Pero… ¿quién es este oscuro personaje? Conozcamos un poco más su historia.

La carrera de Saad al-Beshi empezó en Taif, ciudad cercana a La Meca, y que en verano sirve como sede al Gobierno, ya que el calor en Riad se vuelve insoportable. En la prisión de Taif, Mohammed se encargaba de esposar y vendar a los prisioneros antes de la ejecución, labor que, según sus propias declaraciones, sembró en él el deseo por ser verdugo, cargo que solicitó en cuanto hubo una vacante, siendo aceptado inmediatamente y comenzando a ejecutar en 1998 dentro de la ciudad de Yeda. Dice al respecto de su primera ejecución (en la cual estaba nervioso): “El criminal estaba atado y con los ojos vendados. Lo decapité con la espada de un solo golpe. Su cabeza rodó varios metros.”

Cinco años después de esa primera ejecución, y ya con 42 años de edad, Mohammed se convirtió en el primer verdugo de Arabia Saudita. Ya no se siente nervioso como en la primera ejecución; y, tanto ahora como en sus inicios, no experimenta ningún remordimiento, afirmando así lo siguiente: “No me importa que sean dos, cuatro o diez; no importa a cuántas personas ejecute siempre que esté cumpliendo la voluntad de Dios. En el patíbulo me siento tranquilo porque estoy haciendo el trabajo de Dios. Sin embargo, hay mucha gente que se desmaya al presenciar una ejecución. No sé por qué vienen a mirar si no lo pueden aguantar. ¿Yo? Yo duermo muy bien”.

Mohammed no quiere dar ninguna cifra exacta de sus ejecutados, pero podemos intuir cuánta gente ha “ajusticiado” si tenemos en cuenta que, según Amnistía Internacional, entre 1980 y 1999, 1163 personas fueron ejecutadas en territorio saudí, habiendo 123 ejecutados en el 2000 y 79 en el 2001, aunque en realidad, según dicen los expertos, el número real de ejecutados es mucho mayor, y solo el Ministerio de Interior posee los registros fidedignos. Y es que, tan severo y cubierto de secretismo es el asunto de las ejecuciones en Arabia Saudita, que muchas veces los condenados a morir recién se enteran de su destino el mismo día en que los ejecutan… Para Occidente, el sistema penal saudí es una ofensa a los derechos humanos; pero, según declara el Gobierno Saudí en su web oficial: «La pena capital es la manera más efectiva de salvaguardar el más elemental de los derechos humanos: el derecho a la vida. Sitúa en gran valor la vida de la víctima y, como prueba de ese gran valor, y como elemento disuasorio, obliga al asesino a pagar un precio lo suficientemente elevado». No obstante, se sabe que el clero ultraconservador tiene una fuertísima injerencia en el sistema judicial, que éste es arbitrario e incompletamente codificado, que da lugar por ello a interpretaciones extremistas de la ley sharia, y que en consecuencia se puede imponer la pena capital para crímenes como la apostasía, el adulterio, la brujería, la sodomía o el tráfico de drogas. Es ese matiz religioso de la ley saudita lo que hace que las decapitaciones generalmente se celebren los viernes (día festivo musulmán) tras la oración del mediodía. También, el carácter religioso de la ley causa que, a diferencia de como ocurría con los verdugos en Europa, a Mohammed se lo mire con respeto, cual digno ejecutor de la voluntad inexorable de Alá. Dice por ello el verdugo: “Nadie me tiene miedo. En este país comprendemos las leyes de Dios. Tengo muchos parientes y muchos amigos en la mezquita, y llevo una vida normal, como todo el mundo. Mi vida social no se ve afectada”.

En cuanto a la espada de Mohammed, ésta es sin duda un instrumento maravilloso, capaz de cortar la cabeza del condenado como si fuera mantequilla, cosa que no debería sorprender, si se tiene en cuenta que esta cimitarra vale aproximadamente unos 4500 euros… “Es un regalo del Gobierno. La cuido y la afilo de vez en cuando, y me aseguro de limpiar las manchas de sangre. Su hoja es muy afilada. A la gente le sorprende la facilidad con la que puede separar la cabeza del tronco”, dice sobre ella el verdugo.

Ahora bien, lo dicho anteriormente no quita la existencia de cierto aspecto humanizante en las ejecuciones que practica Mohammed. En ellas, la víctima primero es esposada y trepada a una camioneta con los ojos vendados, posteriormente se la baja, se la hace arrodillarse en dirección a La Meca, y entonces debe recitar la Shajada (afirmación de fe en Alá) antes de morir. “Ponen el alma en la Shajada. Cuando llegan al patíbulo se quedan sin fuerzas. A continuación, leo la orden de ejecución y, al recibir una señal, le corto la cabeza al preso”, dice Mohammed. Por otra parte, antes de la ejecución, Mohammed visita a la familia de la víctima para pedir que le perdonen al condenado, puesto que hay una prerrogativa en la cual, al menos en ciertos casos, los familiares más cercanos de la víctima pueden decidir si el criminal morirá, será sometido a un daño idéntico al que efectúo, pagará una indemnización, o simplemente será indultado. “Siempre mantengo esa esperanza hasta el último instante, y rezo a Dios para que los criminales tengan esperanzas. Siempre mantengo viva la esperanza”, comenta Mohammed al respecto.

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Aquí está Mohammed (de blanco, izquierda) a punto de ejecutar a alguien. Según Mohammed, él hace la voluntad de Dios, y se siente orgulloso de su trabajo…

Espacio aparte merecen las mujeres, que suelen ser condenadas a muerte con mucha menor frecuencia que los hombres. En el caso de Mohammed, él empezó a decapitar mujeres en los años 90, y jamás se ha sentido a gusto con eso. Sobre su insatisfacción al ejecutar mujeres y otros aspectos del asunto, comenta lo siguiente: “A pesar de que odio la violencia contra las mujeres, cuando se trata de la voluntad de Dios, debo cumplirla (…). A veces me piden que use la espada, y otras un arma de fuego. Pero la mayoría de las veces uso la espada (…), el arma de fuego se utiliza como una deferencia con la mujer, ya que para ejecutarla con espada habría que descubrirle la cabeza y dejarle al descubierto el cuello y parte de la espalda”

Pero matar no es lo único a lo que se dedica Mohammed en tanto verdugo, ya que también hace amputaciones (para los ladrones, por ejemplo) y da preparación profesional a los aprendices de verdugo. Dice sobre lo primero: “Para estos casos utilizo un cuchillo especial muy afilado en lugar de la espada. Cuando corto una mano, lo hago por la articulación. Si se trata de una pierna, las autoridades me indican por dónde debo cortar, y entonces sigo sus instrucciones”. Mientras, sobre su papel como instructor, aclara que lo principal es aprender a empuñar la espada y a saber dónde golpear, cosas que solo se aprenden bien observándolas, tal y como lo observó a él su hijo Musaed, sobre el cual afirma lleno de orgullo: “Formé satisfactoriamente como verdugo a mi hijo Musaed, de 22 años, y fue elegido tras aprobar el examen”.

Cabe aclarar que Musaed no es el único hijo de Mohammed, quien es todo un hombre de familia, padre de siete hijos y abuelo del pequeño Haza, hijo de una hija suya. Según cuenta, su esposa nunca le hizo problema por su profesión, y jamás le temieron en casa: “Sólo me pidió que lo pensara bien antes de comprometerme. Pero no creo que me tenga miedo. Trato a mi familia con cariño y amor. No sienten miedo cuando regreso a casa después de una ejecución. Es más, a veces me ayudan a limpiar la espada”.

Por ahora, lo dicho es todo cuanto podemos exponer sobre Mohammed, quien aún sigue vivo y ejecutando personas con su cimitarra…

Anatole François Joseph Deibler

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Anatole Francis Deibler, verdugo francés que usaba la guillotina

Anatole nació el 29 de noviembre de 1863 en Rennes, Francia. Sus padres fueron Louis Deibler y Zoe Rasseneux Anatole, y desde pequeño Anatole recibió azotes casi a diario.

Cuando cumplió doce años, Anatole entró a trabajar de vendedor en una tienda de ropa. Fue mucho después, en Versalles durante el 30 de marzo de 1882, cuando a los 19 años Anatole, obligado por su padre, entró al mundo de los verdugos en condición de ayudante de su cruel progenitor. Debían decapitar a un tal Lantz, fratricida que acabó a golpes con su padre. Para el padre de Anatole, la guillotina era algo familiar, pero el joven Anatole sintió cierta conmoción, expresable en las palabras que 20 años atrás el gran escritor Víctor Hugo profirió en su novela Los Miserables; a saber: «La guillotina no permite permanecer neutro. Quien la divisa se estremece con los más misteriosos escalofríos». Fue con esos escalofríos que se estremeció Anatole, sobre todo cuando la náusea lo hizo retorcerse una vez que olió la sangre teñida de terror, sangre que brotaba aún caliente de aquel cuello en que el hueso aún con médula yacía junto a la carne fresca y las arterias abiertas. Así fueron los inicios del joven Anatole en el mundo de los verdugos: no parecía estar hecho para ese oficio que su abuelo materno y su padre efectuaban con tanta frialdad para supuestamente “expresar la voz del pueblo”, aunque el tiempo lo acostumbraría, pero guillotinar gente siempre le traería calamidades…

Pocos años después de la ejecución referida, Anatole entró a trabajar como ayudante de su abuelo en Argelia, en el año 1885. Allí estrenó su cuaderno gris de verdugo, donde llevaría el registro de sus “ajusticiados”. Cinco años duraría aquel aprendizaje, en el cual participó en 14 ejecuciones, teniendo siempre que llevar la guillotina al lugar, desmontarla, volverla a montar, y darle afilamiento y mantenimiento frecuentemente, ya que la ley estipulaba que el verdugo corría con los gastos si la guillotina se dañaba…

En 1890, Anatole volvió a París e inició su labor como ayudante de su padre. En París tuvo que protagonizar la escandalosa ejecución de dos asesinos de un ujier: una prostituta (y amante de la víctima) llamada Gabrielle Bompard y un tal Eyraud Michel, amigo de Gabrielle. Se sabe que los parisenses se lamentaban por Gabrielle y no querían que fuera ejecutada, pero a Anatole no le importó, al punto que ni siquiera lo registró en su cuaderno.

Con la misma frialdad con que decapitó a Gabrielle, en 1892 Anatole ayudó a su padre en la ejecución de François-Claudius Koenigstein alias “Ravachol”, un anarquista condenado por varios atentados. La ejecución de Ravachol aumentó aún más el odio y el rencor de los anarquistas, y los verdugos comenzaron a recibir cartas anónimas, intimidaciones y tentativas de secuestro, situación que se mantuvo a lo largo de los 90…

Si la situación creada por los anarquistas resultaba ya difícil para Anatole, el golpe más duro le vino cuando tuvo que ejecutar a Émile Henry (otro anarquista), ya que para aquel entonces estaba comprometido con la hija de un fabricante de guillotinas, y se iba a cazar con ella pero, tras la ejecución de Émile Henry, el padre de su prometida dijo que no soportaría verla casada con alguien que “estaba enamorado platónicamente de la afilada y mortal hoja”. Para rematar, la ejecución de Émile Henry también desató críticas de la Prensa hacia él. Por ejemplo, el diario L’Intransigeant escribió: «Al cortar el cuello de un niño de veinte años ante un patio de butacas de policías y burgueses uniformados, el señor Deibler ha zanjado el asunto antes de que se inicie verdaderamente el debate. En efecto, había varias razones para que el joven Émile Henry fuera agraciado». Al igual que el citado diario, muchos medios creían que el joven anarquista, al que describían como dotado de una gran inteligencia aunque no del todo dueño de sus actos, debía haber sido “agraciado” (perdonado) por el presidente Sardi Carnot, quien posteriormente, por no perdonar a Émile Henry, terminó siendo asesinado por el anarquista Santo Caserio, quien igualmente fue ejecutado por Anatole Deibler y su padre, quienes por ello fueron aún más aborrecidos por los anarquistas…

Si los años 90 del siglo XIX habían sido tormentosos para Anatole, los comienzos del siglo XX serían todavía peores, porque ahora sería el verdugo principal, el jefe de ejecuciones y no un verdugo ayudante, cambio cuya importancia queda reflejada en el hecho de que, de las 395 ejecuciones en que tomó lugar durante su carrera de 54 años, 299 sucedieron después de que ascendiera a verdugo principal…

Un consuelo en aquellos duros comienzos de siglo fue Rosalie Rogis, una chica 14 años menor que él, a la cual conoció en el club de ciclismo. Anatole terminó confesándole a Rosalie su profesión de verdugo; pero, aun así, ella se casó con él, aunque el siniestro oficio fue omitido en el acta de matrimonio, en parte porque, según Anatole: “la muerte, cualquiera que sea la razón que la provoca, debe mantenerse digna”. Sin embargo su condición de verdugo, aunque fuese en lo económico, afectó también su matrimonio, no porque complicara la relación con su esposa, sino porque era la causa de los bajos ingresos de Anatole, ya que el Gobierno no quería que los verdugos fuesen funcionarios, así que él era solo un agente contractual del Estado, que no aparecía en los libros de cuentas, no recibía salario y únicamente contaba con un monto de seis mil francos anuales repartidos en doce entregas, que aunque fuesen mensuales estaban en concepto de indemnización.

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Aquí vemos a Anotele Deibler (derecha) con su esposa Rosalie (izquierda) y su pequeña hija. Aparentemente Anatole nunca se sintió a gusto decapitando, su padre (también verdugo) lo obligó a entrar en el oficio, aunque él jamás salió…

Volviendo a su carrera de verdugo, en 1918 se le solicitó como verdugo, y allí por fin pudo realizar ejecuciones sin el fastidio de los periodistas que tanto le hostigaban cuando decapitaba en Francia. Y es que, como bien dijo una vez Anatole: “Matar en el nombre del propio país es una hazaña gloriosa, algo recompensado con medallas. Pero matar en nombre de la ley es una función horripilante, recompensada con desdén, desprecio y aversión”.

Tiempo después y ya con 75 años, el “Jefe de Ejecuciones” estaba enfermo y, según cuentan, para aquel entonces sus únicas pasiones eran la metodicidad en su trabajo y Marcelle, su hija. En realidad, y aunque sea algo irónico ya que la historia lo recuerda como uno de los más celebres verdugos, Anatole nunca disfrutó de su trabajo, y éste fue una especie de macabro destino que desde temprana edad le impuso la vida.

Durante la mañana del 2 de febrero de 1939, los ayudantes de Anatole esperaban en la estación de tren de Montparnasse, ya que debían ejecutar a alguien en Rennes. Era tarde y Anatole no llegaba, algo realmente extraño ya que se cuenta que jamás había llegado atrasado a ejecución alguna. ¿Sería algún achaque de la edad? Lo cierto es que Anatole salió de su casa a las siete en punto, pero murió en el vagón del metro… Le sucedió en el cargo su sobrino André Obrecht, quien decía no comprender cómo alguien tan bondadoso como su tío había podido decapitar gente durante casi toda su vida.

Robert Greene Elliott

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Robert G. Elliott, verdugo estadounidense que empleaba la silla eléctrica

El estadounidense Robert Greene Elliott fue verdugo en seis estados, y llegó a ejecutar unas 387 personas en la silla eléctrica, llegando a ser responsable de aproximadamente 2/3 de toda la gente que durante su carrera fue ejecutada en los estados donde se desempeñó. Muchos individuos conocidos fueron electrocutados por Robert: Nicola Sacco, Bartolomeo Vanzetti, Ruth Snyder, Henry Judd Gray, y Bruno Richard Hauptmann, entre otros.

Robert nació en Hamlin, Nueva York, el año 1874, hijo de un inmigrante irlandés que poseía una huerta de frutas y, al igual que su esposa, era un ferviente metodista. Naturalmente los padres de Robert deseaban que éste participara de su fe, y lo consiguieron, por lo que Robert fue siempre un devoto metodista, que iba a misa los domingos y electrocutaba gente con cierta regularidad…

Cuando tenía 7 años, el pequeño Robert perdió a su padre y un año después la huerta fue vendida y él fue enviado a vivir con sus primos, permaneciendo allí hasta los 16 años, edad en la cual empezó a interesarse en la Electricidad y adquirió ciertos conocimientos gracias a un viejo granjero que había trabajado como operador de telégrafo.

Robert estaba fascinado con la electricidad y quería ser ingeniero eléctrico, aunque la única universidad cercana que instruía en Física y Matemáticas era la Escuela Normal de Brockport (una escuela normal es una institución que forma profesores en distintas disciplinas), donde se metió a un programa de dos años para aprender Física de la Electricidad. Ya acabado el programa, consiguió trabajo en una planta de luz eléctrica en Brockport. Para aquel entonces, también se había interesado en leer sobre el caso de Lizzie Borden, y había leído sobre el primer hombre condenado a morir en una silla eléctrica. Sin embargo, lo que definitivamente le despertó interés en la profesión de verdugo electrocutador, fueron las palabras de su amigo Bartolomé Shea, quien dialogando con él sobre los verdugos le dijo: “Piensa en la gran responsabilidad de los verdugos. Ese es un trabajo que te gustaría tener”.

En 1895 y con 21 años, Robert fue a Avon (en Nueva York) para ayudar en un proyecto de iluminación urbana. Allí, conoció a su futura esposa, Addie Hocmer, y cuando ella se alejó, para acercarse de nuevo, Robert entró a trabajar como ayudante electricista en la Prisión de Clinton, en Dannemora. Cuando el jefe de electricistas dejó su cargo seis meses después, Robert asumió el cargo de jefe de la sala de máquinas. Ya que ese ascenso representaba mejores ingresos, Robert se casó con Addie poco tiempo después. Sin embargo, por otro lado el nuevo cargo hacía que Robert fuese el encargado de proporcionar la energía para las ejecuciones, aunque no fuera él quien jalara de la palanca.

La primera ejecución en la que participó fue en 1901. En aquella ejecución el verdugo fue Edwin Davis, quien ya era algo conocido por haber ajusticiado a Kemmlers. Robert simplemente encendió el motor de la planta y bajó el interruptor para enviar electricidad a la cámara de ejecuciones, donde Edwin bajaría la palanca mortal. Según se sabe, Robert y Edwin habían ensayado juntos antes de la ejecución, practicando con una pieza de 15 libras de carne de res. La práctica debió ser bastante entretenida, aunque posteriormente el pedazo de carne fue reemplazado por George Middleton, quien murió con cuatro descargas: una de dos minutos, otra de un minuto, y las restantes de aproximadamente un minuto y medio. Aquella experiencia definitivamente confirmó el interés de Robert por las ejecuciones con silla eléctrica, y años después, en 1926 y tras la vacante dejada por John Hulbert, él aplicaría para el puesto de “Electricista del Estado” (eufemismo de verdugo), siendo aceptado y comenzando una exitosa carrera que culminaría en 1939, dejando un rastro de más de 300 ejecutados, cada uno de los cuales representaba 150 dólares para el verdugo.

Pero… ¿era acaso Robert un monstruo cruel y sádico? El estereotipo de verdugo nos haría pensar en algún psicópata o al menos en cierto tipo de trastornado, pero Robert parecía normal: jugaba con sus nietos y grababa vídeos con ellos, caminaba por el bosque, pescaba con sus hijos, escuchaba la radio, leía biografías y comics, cuidaba de sus gladiolos y rosas. Así, en su autobiografía escribió lo siguiente: ‹‹Cuando no estoy actuando como el agente estatal de la muerte o haciendo trabajos de contratista para instalaciones eléctricas, paso mucho tiempo en mi jardín de flores. Me siento especialmente orgulloso de mis rosas y gladiolos, que han sido la envidia del vecindario (…). Siempre he sido una persona religiosa que teme a Dios. Me he esforzado por llevar una vida moral, honesta, y en mis relaciones con los demás he tratado de seguir la regla de oro. Me he esforzado por ser un buen marido y un buen padre. Dondequiera que haya fallado, no ha sido por falta de esfuerzo sincero. En cuanto al servicio que realizo para el Estado, ya he discutido eso de que en mi mente no hay sombra de conciencia de que haya hecho mal.››. A partir de las palabras citadas, podríamos pensar que, tanto Robert como otros verdugos, buscan razones para no sentirse culpables, ya sea que estén haciendo “la voluntad de Dios” o simplemente sirviendo a La Ley y al Estado.

Establecido más o menos el perfil psicológico de Robert, podemos revisar tres de los casos más representativos de toda su carrera:

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Esta foto es real, y muestra el momento preciso en que Ruth Snyder murió ejecutada en la silla eléctrica. Ella lloró y se descompuso antes de morir.

En sus memorias, Robert cuenta que la ejecución de Sacco y Vanzetti fue el primer gran caso público de ejecución que afrontó. En 1921, los dos inmigrantes italianos recibieron condena de muerte para 1927, bajo los cargos de robar 15.776,51 dólares y asesinar a Frederick Parmenter (encargado de la nómina gubernamental) y al guardia Alessandro Berardelli. El caso de Sacco y Vanzetti fue sumamente polémico, ya que muchos alegan que fueron condenados por su ideología anarquista y por el sentimiento anti-italiano que supuestamente guardaban muchos estadounidenses en ese entonces; de hecho, actualmente la mayoría de evidencias sugieren que, tal y como decían los condenados, en realidad eran inocentes. No debió ser fácil para Robert la ejecución, sobre todo después de que Vanzetti dijera emotivamente antes de sentarse en la silla: “Yo quiero decirles que soy inocente y no cometí ningún crimen, aunque a veces he pecado. Les doy las gracias por todo lo que han hecho por mí. Soy inocente de todos los delitos, no sólo de esto, sino de todos. Yo soy un hombre inocente”. Tras conmover a muchos de los presentes, Vanzetti se sentó, le pusieron la máscara y dijo antes de morir a manos de Robert: “Quiero perdonar a algunas personas por lo que ahora me están haciendo.”. Apenas un año después, los anarquistas vengaron la muerte de Vanzetti y de Sacco, haciéndole pagar a Robert; quien, si bien admitió que el caso fue difícil, nunca sintió remordimientos, por lo que era comprensible que los anarquistas sintiesen suficiente ira como para colocar una bomba en la casa de Robert, aunque nadie murió en el atentado y el Gobierno pagó la reconstrucción a su fiel electrocutador…

El siguiente caso que destacaremos fue el de Snyder-Gray en 1928. Con la complicidad de su amante, Henry Judd Gray, Ruth Snyder había asesinado a su millonario esposo, y por ello se le condenó a la silla eléctrica. El caso tuvo muchísima atención de la Prensa y años después se reflejó en la Literatura, el Cine, la televisión y el Teatro, ya que Ruth Snyder había personificado el estereotipo de la mujer interesada e infiel que acaba con su adinerado esposo. Desde 1899 ninguna mujer había sido condenada a morir en Sing Sings, y el 12 de enero de 1928, día de la ejecución, los periodistas infestaban como moscas los alrededores del lugar, e incluso había periodistas adentro, al punto de que uno de ellos consiguió fotografiar el instante preciso de la muerte de Ruth, dejando una foto que se hizo tan famosa que actualmente todavía circula en el internet normal (no es necesario buscarla en la deep-web)… Y es que la ejecución, efectuada a las once de la mañana, fue un verdadero drama, ya que Ruth se deshizo al ver la silla eléctrica, y lloró y exclamó: “¡Jesús, ten misericordia de mí porque he pecado!”. Por eso tuvieron que venir unas matronas de la prisión y asistirla para que se siente en la letal silla, donde sus ojos se conmocionaron de terror al ver que le acercaban la máscara eléctrica a la cara. “¡Jesús, ten piedad!”, gritó Ruth, y segundos después, sin darle tiempo a decir nada más, Robert bajó la palanca y la mató… Después de la trágica ejecución, los periódicos empezaron a decir que Robert se sentía muy culpable, e incluso algunos medios dijeron que el espectro de Ruth lo perseguía y él necesitaba sedantes para dormir, pero lo cierto es que todo era una invención, y Robert jamás sintió remordimiento alguno…

Por último, cabría mencionar el caso del bebé Lindbergh, que fue secuestrado y asesinado por Hauptmann, quien como castigo sería ejecutado por Robert el 3 de abril de 1932. Sobre los últimos momentos de Hauptmann, Robert escribió lo siguiente: ‹‹Su cabeza había sido rasurada y titulada ligeramente a un lado. Su cara estaba amarillenta y su expresión demacrada. Él caminó pasando la silla, y habría tropezado con un médico si un guardia no lo hubiese detenido. El guardia lo volteó y lo colocó en la silla, sujetándole los brazos y permaneciendo de frente mientras lo ataban. Sus labios no se movieron, y no dio señal alguna de que desease hablar. Yo le coloqué el electrodo en la cabeza y él me ayudó a ajustar la máscara. Exactamente a las 8:44 la señal me fue dada. La corriente relampagueó a través del condenado.››

Tras ajusticiar a Hauptmann, Robert siguió electrocutando delincuentes por siete años, hasta que el rayo de la muerte cayó sobre él en 1939.

William Marwood

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William Marwood, verdugo inglés que inventó la “caída larga”, un método de ahorcamiento en que el condenado moría rápido y sin dolor.

“Detesto la ociosidad. Mi tiempo libre lo dedico a mis negocios y a trabajar en mi zapatería. Así vivo día tras día hasta el momento en que soy requerido para alguna ejecución. Habría sido mejor para los ejecutados que hubiesen preferido el trabajo a la ociosidad”: con estas palabras, el verdugo inglés William Marwood, explicaba más o menos cuál era su rutina y qué opinaba de los condenados que debía ahorcar.

Sorprendentemente, desde mediados del siglo XIX hasta la abolición de la pena capital en 1964, el puesto de verdugo fue muy deseado, y hasta había mujeres que lo solicitaban. No era precisamente el sadismo lo que movía a los solicitantes, sino el poder ganar dinero fácilmente, el viajar a muchos sitios con todo pagado, el matar teniendo un justificativo de conciencia como lo era el hacer cumplir la ley… Pese a eso, muchos verdugos se sentían culpables, e incluso John Ellis acumuló tanto remordimiento que terminó suicidándose. Pero William Marwood, pese a ser conocido como “El Verdugo Humanitario” por su método rápido y eficiente, era algo frío y cerebral; y, si bien una buena voluntad lo guiaba en su labor de verdugo, nunca tuvo remordimiento, llegando por ello a decir: “Donde hay culpa, hay mal dormir, pero yo estoy consciente de que intento vivir una vida sin remordimiento”

Empezamos de este modo porque no se sabe mucho de William antes de su entrada al mundo de los verdugos: nació el año 1820 en Horncastle, dentro de Lincolnshire, en Inglaterra. De niño fue a la escuela y aprendió el oficio de zapatero de su padre, ejerciéndolo desde temprana edad y continuándolo aún en su época de verdugo. Además de eso, se sabe que solía dedicar gran parte de su tiempo libre al estudio de la Anatomía, y que fue esto, junto con el interés que le inspiraba el ejercicio de la pena capital, lo que lo condujo a pensar que el método de ahorcamiento podía mejorarse para que fuese más rápido y el condenado sufriese menos.

La primera ejecución que William realizó, fue a sus 54 años, tras haber estado insistiéndoles por mucho tiempo a las autoridades de la cárcel de Lincoln, a fin de que le dieran la oportunidad, sin paga alguna, de mostrar su eficiencia con el condenado William Frederick Horry. Frederik Horry fue ejecutado por William Marwood el 1 de abril de 1872: murió rápidamente, sin sufrimiento, y el gobernador de la cárcel quedó muy impresionado con Marwood, quien había aprovechado para mostrar la aplicación de un inteligente método de su invención: la “caída larga”, método en el cual se calculaba la distancia necesaria para que, en función del peso del condenado, éste quedara inmediatamente inconsciente, muriendo dos minutos después de perder la conciencia. Hasta entonces, los ahorcados sufrían una larga asfixia y agonía, pero William Marwood habría de iniciar una época más humana en la historia de la pena capital por vía del ahorcamiento.

No obstante, si bien el método de Marwood era más humano que los anteriores, él no parecía preocuparse tanto por los condenados como por impresionar a las autoridades con lo que, en sus propias palabras, era “un arte” que dominaba a la perfección… Probablemente Marwood, pese a que todos lo describían como “amable” y “educado”, tenía algo mermada su capacidad de empatía, puesto que se enorgullecía lo suficiente de su “arte” como para poner lo siguiente en sus tarjetas de visita: ‹‹William Marwood/Verdugo Público/Horncastle, Lincolnshire››. Sin embargo, su orgullo de verdugo no le impedía ser muy respetuoso con los condenados, ya que siempre los saludaba y se arrodillaba con ellos para pedir perdón a Dios y orar para que todo saliese bien.

Tanta autoconfianza sumada a una eficiencia sobresaliente, le hicieron conseguir a Marwood el puesto de Verdugo Oficial de la Policía de Londres y de la Policía de Middlesex, recibiendo 20 libras anuales, 10 aparte por cada ejecución, y las prendas de cada ahorcado, las cuales no dudaba en ponerse…

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Aquí está Marwood (derecha) junto al famoso ladrón y asesino Charles Peace.

Con su fama encima, Marwood no solamente viajó por toda Inglaterra, sino también por Irlanda, y llegó a ser tan popular que hasta apareció en canciones y rimas de la época, algunas humorísticas, como ésta de aquí: ‹‹If Pa killed Ma/¿Who’d kill Pa?/¡Marwood!›› (“Si papá mata a mamá/¿Quién mata a papá?/¡Marwood!”).

El famoso Marwood trabajó como verdugo por once años, hasta que una enfermedad pulmonar lo mató en 1883. Como ya se dijo antes, Marwood también trabajaba como zapatero, y esto lo hizo por toda su vida, aunque consiguió mucho dinero con sus zapatos después de hacerse famoso, ya que muchas personas querían tener zapatos hechos por el célebre verdugo, así que pudo vender más zapatos y venderlos más caros.

A lo largo de toda su vida, Marwood ahorcó a unas 181 personas, nueve de las cuales eran mujeres. Entre sus presos estuvieron algunos casos famosos, ejemplos son: Kate Webster, chica irlandesa que masacró a su amante con un hacha; algunos miembros de los Invencibles (grupo de nacionalistas irlandeses); una anciana que había matado a su nieto; o Charles Peace, famoso ladrón y asesino que tocaba el violín, manejaba magistralmente las armas, y había huido varias veces de la cárcel. Sobre la ejecución de Peace, se cuenta que éste llegó lleno de ansiedad y frío a la prisión, que tosió durante toda la noche y preguntó si Marwood podía curarle de la toz. A la mañana siguiente, Marwood apareció y Peace, que estaba preocupado, le dijo: “Espero que no me vaya a castigar, espero que haga su trabajo de forma rápida”. Amablemente, Marwood respondió: “No sufrirás dolor en mis manos”. Ya calmado, Peace dijo “Dios te bendiga”, y después ambos se arrodillaron, Marwood pidió la bendición a Dios, le dio la mano a Peace, le dejó dar un largo discurso, y finalmente lo ahorcó.

Antes de que una enfermedad pulmonar lo matara el 4 de septiembre de 1883, Marwood realizó su última ejecución en Durham, el 6 de agosto de ese mismo año: el condenado fue James Burton, un bígamo que había asesinado a su esposa de 18 años. Actualmente el cadáver de Marwood se encuentra en una tumba anónima a fin de que su lápida no sea destrozada por fanáticos ávidos de conservar como recuerdo un trozo de tumba del verdugo. Sin embargo, Marwood fue enterrado inicialmente en las inmediaciones de la Holy Trinity Church: como ya se dijo, murió por una enfermedad pulmonar, aunque hay quienes dicen que no era una enfermedad, y que en realidad fue envenenado mientras bebía unas copas en un local de Horncastle llamado The Portland Arms, siendo aquello una venganza de simpatizantes irlandeses por los miembros del grupo Invencibles que Marwood había ahorcado tiempo atrás…

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Originally posted 2013-10-01 16:05:49. Republished by Blog Post Promoter

5 Comments »

  1. hemir bolanos 1 octubre, 2013 at 23:03 - Reply

    Bueno aunque la pena de muerte es desagradable, pero más desagradable es ver que hoy los asesinos tienen más derechos que las víctimas y ver que los asesinos de hoy hasta se sienten orgullosos de lo que hacen porque saben que los derechos humanos los defenderán, pero se olvidan de las victimas que sufrieron toda clase de humillaciones a manos de estos desalmados, gracias.

  2. daniel 1 octubre, 2013 at 23:59 - Reply

    John George Haigh no es el rey del acido sino el asesino del baño acido

  3. Dom 4 octubre, 2013 at 17:40 - Reply

    Interesante….

  4. Srengel 6 octubre, 2013 at 13:32 - Reply

    Me gusta esta serie de artículos, ¿tienes planeado algún articulo sobre criminales de guerra? ya hay algunos como Irma Greese, pero me refiero a algo mas general, como ese de los niños asesinos.

  5. alu44 12 octubre, 2013 at 1:40 - Reply

    Está muy buena la info de los verdugos

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