Herbert Mullin – El Hippie Asesino

admin 5 septiembre, 2012 9

Herbert Mullin asesinaba motivado por voces que escuchaba en su interior. Las voces le decían que para evitar un terremoto en California debía relizar una serie de asesinatos que servirían como sacrificios que aplacarían el desastre…

A principios de los años setenta, durante el fin del movimiento hippie, Herbert Mullin se convirtió en un asesino en serie de California. El joven tuvo una infancia normal, pero secretamente estaba convencido de que los niños recibían señales telepáticas de sus padres para que no jueguen con él, este fue el primero de los desordenes mentales que lo convirtieron en el escalofriante y excéntrico asesino de 13 personas.

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Herbert y su locura

El detonante de la locura: Herbert quedó tan afectado por la muerte de un amigo que le levantó un santuario en su habitación y comenzó a pasar horas encerrado mientras, sumido en una honda depresión, rememoraba a su amigo…

Herbert Williams Mullin, nació el 18 de abril de 1947, en Salinas, California, sin embargo, creció en Santa Cruz. Su padre Martín Mullin, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, era muy estricto y frecuentemente comentaba su heroísmo durante la guerra, su madre Jean le enseñó a tener buenos modales. Desde temprana edad el padre de Herbert le enseñó a manejar un arma de fuego. En 1963, la familia Mullin se mudó a Santa Cruz, donde Herbert de 16 años consiguió un empleo en la oficina de correos.

En el colegió Mullin sobresalió como estudiante y deportista. Era popular, tenía muchos amigos, una novia estable y hasta fue escogido por sus compañeros como el alumno que tendría más posibilidades de éxito.

Por aquel entonces todo en su vida parecía estar bien e incluso era un experto tirador  que en varias ocasiones había ganado los premios de la Asociación Nacional de Tiro. Sin embargo, poco después de su graduación, uno de sus mejores amigos, Dean, murió en un accidente de moto y Herbert quedó devastado y su estabilidad mental comenzó a desmoronarse.

Según ciertos psiquiatras que estudiaron a Herbert, aquel incidente fue el gatillo que detonó el progresivo deterioro de su cordura. De hecho, Herbert quedó tan afectado por la muerte de su amigo que le levantó un santuario en su habitación y comenzó a pasar horas enteras encerrándose en su cuarto mientras, sumido en la más honda depresión, rememoraba a su amigo. Fue allí que, tras preguntarse si la muerte de Dean era una especie de sacrificio cósmico, Herbert empezó a obsesionarse con la idea de la reencarnación, llegando incluso, pese a su crianza católica, a estudiar religiones orientales para hallar respuestas a la pérdida de su amigo y a las voces que hablaban en su cabeza (padecía trastornos esquizofrénicos).

Tras dejar sus estudios, recién comenzados, en Ingeniería de Caminos —disciplina que había estudiado porque quería entrar al Ejército—, en 1967 Herb ingresó en un instituto sobre Religiones Orientales en San José, y permaneció allí por tres meses, tiempo en el que consumió LSD regularmente y empezó con su extraño comportamiento y sus trastornos mentales. No obstante el consumo de drogas ya había empezado antes (en 1966) gracias a Jim Gianera, un ex amigo de Dean que, tras conocer a Herbert en la playa, le introdujo al movimiento hippie y a las drogas. Este abuso le empezó a crear ideas descabelladas como que iba a haber un terremoto en California y que él tenía que mudarse a Canadá para evitarlo, u otras locuras más que asustaron a su novia (la misma que tenía desde secundaria) y, junto a la declaración que él le hizo de que quizá era gay, acabaron con su relación.

Posteriormente, tras un preocupante episodio en el cual Herbert visitó a su hermana (a la cual tiempo después le pediría tener relaciones sexuales) e imitó todos los movimientos y lo que decía su cuñado por cuatro horas seguidas, como si se tratara de un niño tratando de molestar. Él mismo se preocupó de su locura y  en 1969 permitió que su familia lo interne en una institución mental.

Durante los siguientes años, Herbert entraría y saldría de varias instituciones mentales tras pasar poco tiempo en estas. De acuerdo con los reportes, Herbert solía apagar cigarrillos en su propia piel. Llama la atención la crisis de identidad que desde su juventud acompañó a Herbert: quiso ser militar, luego se involucró con el movimiento hippie y veneró el pacifismo, la meditación y la naturaleza; después dejó la heterodoxa y rebelde contracultura hippie y se unió a un grupo de lectura bíblica llegando incluso a querer convertirse en sacerdote católico.

Al parecer nunca se encontró del todo a sí mismo; pero, pese a eso, ha habido ciertas constantes que le acompañaron a través de sus transformaciones. Así encontramos la creencia en la reencarnación, la práctica de la meditación, la creencia de origen bíblico en los sacrificios de seres vivos (como se ve en Levítico y otros libros del Pentateuco) para proteger a la colectividad de grandes desastres naturales, creencia que él, como producto de sus delirios esquizofrénicos y megalómanos, distorsionó llegando a pensar en sacrificios humanos que servían para evitar desastres.

Es pues en el marco de esos trastornos de identidad que, en conjunción con la esquizofrenia paranoide que le diagnosticaron los psiquiatras y el prestigioso Robert K. Ressler (un perfilador del FBI), Herbert llegó a pensar que tenía una posición especial en el sistema de reencarnaciones (ya que Einstein murió en su cumpleaños) y que, debido a haber nacido en el día del aniversario del terremoto de San Francisco acaecido en 1906 (él interpretaba eso como una señal), su misión era la de prevenir un gran terremoto en California a través de sacrificios humanos que, según decía, estaban dados por el consentimiento de sus víctimas pues estas se le ofrecían telepáticamente para ser tributos. Mullin creía que la guerra en Vietnam había producido suficientes muertes de americanos para aplazar el terremoto, como una especie de sangriento sacrificio para la Naturaleza, pero cuando la guerra comenzaba a terminar a finales de 1972, él tendría que comenzar a matar personas para mantener el terremoto bajo control.

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Los asesinatos de un demente

Su primera víctima era un indigente que Herbert pensaba que era Jonás, el personaje bíblico que fue devorado por un gran pez y que sobrevivió durante tres días en su estómago. Un tributo magnífico.

El 13 de octubre de 1972, Herbert asesinó brutalmente a un indigente de 55 años llamado Lawrence White. Según Herbert, el vagabundo era Jonás, un profeta de la Biblia que pasó tres días en el vientre de un enorme pez y predicó en Nínive. “Mátame para que otros puedan salvarse”, había escuchado Herbert a manera de mensaje telepático que “Jonás” le enviaba. El tributo era magnífico, de modo que Herbert no dudó en sacar su bate de béisbol y en darle una y otra vez en el cráneo hasta dejárselo como una amasijo de huesos, sangre y masa encefálica; un horrible cuadro que, días después fue encontrado.

La siguiente víctima fue Mary Guilfoyle de 24 años. Herbert Mullin la recogió tras verla hacer auto-stop y cuando sintió que había ganado su confianza y la chica se había relajado, detuvo el automóvil con alguna excusa, le pidió que saliera un momento y entonces la apuñaló frenéticamente hasta extinguir su vida. Después llevó el cadáver a una colina, lo desmembró, le abrió el estómago, inspeccionó sus vísceras y permaneció un rato estudiando sus órganos para luego marcharse y dejar los pedazos del cadáver yaciendo sobre la colina.

Cuando el cuerpo de Mary fue encontrado, se creyó erróneamente que era víctima de Edmund Kemper, otro asesino en serie que atacaba en el área en aquel entonces. Debido a que los restos de la víctima no fueron encontrados hasta después de varios meses, la Policía no relacionó su muerte con la del vagabundo. En cuanto a los motivos que le impulsaron a realizar el asesinato, además de lo de los sacrificios, había algo especial: su madre, hace no mucho, le había obsequiado un libro del pintor Miguel Ángel para inspirarlo a canalizar sus problemas psicológicos a través del arte. Desde pequeño, Herbert había mostrado habilidad para el dibujo y la pintura. Allí, a través de las páginas del libro sobre el arte de Miguel Ángel, Herbert llegó a la conclusión de que Miguel Ángel había alcanzado tal grado de excelencia en la representación del cuerpo humano como una consecuencia del estudio meticuloso de la anatomía humana que el gran pintor efectuaba en todas aquellas horas en que diseccionaba cadáveres. Eso, para él, era una señal muy clara: en su próxima misión, él debía diseccionar un cadáver…

Dibujo de Mullin en el que representa sus cálculos sobre un posible terremoto.

Tras sólo cuatro días, el jueves 2 de noviembre, Herbert cobró su tercera víctima. Esta vez se trataba del Padre Henri Tomei, un sacerdote católico de 65 años. Aquel día, un Día de Difuntos, Herbert había aprovechado para, después de estar bebiendo y drogándose, ir a confesar sus pecados en la Iglesia Santa María y, de una vez, pedir fuerzas para no volver a matar. En un inicio creyó que la iglesia estaba vacía pero luego, tras darse cuenta de que había un cura en el confesionario, fue y empezó a confesar sus pecados. Al comienzo todo fue normal; pero, apenas hubo transcurrido un corto tiempo, Herbert tuvo alucinaciones auditivas en que el sacerdote le decía que debía honrar padre y madre, que su padre le pedía que mate gente y que él se ofrecía como sacrificio. Entonces Herbert perdió el control, le forzó a salir del confesionario y lo apuñaló salvajemente (tan salvajemente que, tras hallarse el cadáver, muchos pensaron en la obra de un culto satánico).

El único testigo fue una mujer que, mientras se dirigía a la iglesia, vio salir corriendo a un hombre vestido de negro (Herbert) en la lejanía. Luego la mujer encontró el cadáver e informó a la Policía aunque nunca obtuvieron nada contundente que fuera previo a lo extraído en el juicio de Herbert.

Según el psiquiatra Donald Lunde, el asesinato del Padre Tomei fue el que más afectó a la cordura de Herbert, él había querido desfogar la ira que tenía acumulada contra su padre (que era muy católico y severo) y, para eso, había decidido matarlo de manera simbólica en la persona del Padre Tomei. Pero eso, en opinión de Lunde, habría de generarle posteriormente una crisis de culpa que le llevaría a querer restituir la deuda de conciencia con su padre. Por lo anterior, ya que su padre era un héroe de guerra, y también porque al entrar a las Fuerzas Armadas él podría desfogar su agresividad matando bajo el amparo del Estado, Herbert Mullin decidió unirse a los Marines de Estados Unidos.

El asesino logró pasar los exámenes físicos y psiquiatricos, pero se le negó su adminisión debido a su historial delictivo, ya que tenía arrestos menores y un extraño comportamiento. Este rechazo reforzó los delirios conspiratorios en la mente de Mullin, el cual estaba convencido que sus oponentes eran un grupo de poderosos hippies [1].

En enero de 1973, Herbert llegó a pensar que eran las drogas las que habían llevado su vida a la ruina y las que le habían impedido honrar a su padre, ya que fue por los delitos que había cometido en la época en que consumía por lo que no lo dejaron ingresar a las Fuerzas Armadas. Pero, en la mente de Herbert, las cosas no se podían quedar así: su vida había sido destruida por los trastornos que las drogas le habían causado y existía un culpable principal, alguien que debía pagar con el máximo precio posible: Jim Gianera, su amigo que le había introducido en las drogas años atrás. Gianera, sea cómo fuera, debía morir.

Cuando Herbert llego a la casa de Gianera el 25 de enero de 1973, descubrió que su “amigo” se habia mudado y la cabaña [2] estaba ocupada por Kathy Francis. Ella le dio la dirección de la nueva casa de Gianera.

El crimen fue una atrocidad digna de llevarse a la Gran Pantalla. Herbert tocó la puerta y Gianera lo recibió. Sin darle tiempo a reaccionar, Herbert lo increpó por haberlo introducido al mundo de las drogas y, tras gritarle con los ojos vidriosos y la voz quebrada por el llanto que se estaba burlando de él y lo estaba engañando (la frase exacta que usó fue “¡You’re claptrapping me!”), le disparó a Gianera por detrás mientras aquel corría intentando escapar. Entonces, aún con vida y con parte de la escalera recorrida (la casa era de dos plantas), Gianera se arrastró gimiendo y goteando sangre por los escalones, empujó la puerta de su cuarto y, antes de que su mujer consiguiera refugiarse con él en el baño (la mujer se estaba duchando previamente), Herbert les disparó a ambos en la cabeza. Sin estar satisfecho con matarlos, el asesino dejó fluir toda la ira y el rencor que tenía guardado hacia Gianera y sacó su puñal y lo introdujo una y otra vez en las cabezas de Jim Ralph Gianera de 25 años y su esposa Joan Gianera de 21 años…Horas después, la madre de Joan —que se encargaba de cuidar al hijo ( por suerte no estaba en el momento del crimen) de los Gianera— encontró el cadáver de su hija y de su nuero…

Pero la misión de venganza aún no estaba completa. Kathy Francis sabía que él había ido a la casa de los Gianera y podía hacer que la Policía lo capture demasiado pronto: ella, aunque inocente, estaba condenada a ser una víctima más en la venganza del desquiciado Herbert Mullin. Determinado a cumplir cada punto del plan, el asesino regresó en su coche a la cabaña de los Francis, estacionó su vehículo en la carretera para que no se bloqueara en el barro que rodeaba la cabaña, tocó la puerta y esperó.

Kathy Francis, al abrirle, se desplomó en un charco de sangre tras recibir un disparo en el pecho y otro en la frente. Implacable, Herbert se dirigió rápidamente al cuarto en el que supuso que los dos hijos (Daemon de 4 años y David de 9)  de la pareja estaban, abrió la puerta con violencia y los fulminó a tiros y, en un arrebato de ira y bestialidad, comenzó a apuñalar los cadáveres de los tres inocentes.

Las autoridades, que sabían que Katy y su esposo estaban metidos en el mundo de la droga, sospecharon que podía tratarse de una venganza pero a fin de cuentas no supieron bien qué hacer con el crimen. En primera instancia, aunque contra natura, se sospechó de Bob Francis ya que la Policía lo tenía fichado como traficante. Lo llevaron a un interrogatorio y le hicieron dar una lista exhaustiva de traficantes de droga, rivales, enemigos personales y todo inadaptado social o delincuente que él conociera y considerase relevante para el caso. Herbert Mullin, al no constar en la lista, logró una vez más escabullirse de la Policía. Por esa misma fecha Edmund Kemper (otro asesino en serie) andaba cometiendo crímenes atroces en la misma zona y alguno de los crímenes de Herbert se le adjudicaron incorrectamente a Ed Kemper.

Herbert Mullin fue perseguido y detenido luego de bajarse de una camioneta y, delante de mucha gente del barrio, dispararle a un anciano en la vereda de su propia casa…

Un mes despues, a principios de febrero de 1973, Mullin paseaba por el parque estatal Henry Cowell Redwoods, cuando encontró cuatro adolescentes hippies acampando. Herbert se hizo pasar por un guardabosque del parque y dijo que estaban contaminando el bosque, pero ellos se rieron cuando les pidió que se fueran. Mullin se les quedó mirando lleno de ira ya que ellos representaban todo cuanto había echado a perder su vida. En su mente, las alucinaciones auditivas se dispararon y se creó un diálogo en que él le preguntaba a cada uno de ellos si aceptaba ser ejecutado. Todos aceptaron. En realidad, después de reírse un rato de la cara enfadada de Herbert, los chicos regresaron a sus cosas sin pensar que, en cuestión de segundos, el asesino sacaría su revólver para ejecutarlos uno por uno. Nadie sobrevivió: el último, que pudo haber escapado, se enredó en su tienda de campaña mientras intentaba correr y, antes de alcanzar a desenredarse, fue ejecutado. Herbert inspeccionó un poco en las pertenencias de los chicos, tomó un rifle y 20 dólares y se marchó. Una semana después se encontraron los restos de David Oliker de 18 años, Robert Spector de 18, Brian Card de 19 y Mark Dreibeldis de 15.

El último homicidio sucedió tres días después, el 13 de febrero. Herbert no tenía planeado asesinar a nadie ese día, simplemente iba a llevar leña a casa de sus padres cuando de pronto en su cabeza oyó la voz de su padre diciéndole: “No entregues un solo palo de madera hasta que no hayas matado a alguien”

En primer lugar la voz le había solicitado la muerte del tío Enos pero, tras la negativa de Herbert, la voz decidió contentarse con la muerte de cualquiera. Cansado de sus misiones de asesinatos pero a la vez sabiéndose incapaz de parar por su cuenta, Herbert Mullin decidió cometer un crimen imprudente y estúpido para ver si todo acababa. Así, en medio de una mañana tranquila y nublada, Herbert vio a un anciano en la calle, se le quedó observando un rato desde su coche, se bajó, le disparó con el rifle que había robado del campamento de los cuatro jóvenes hippies, se subió de nuevo, dio marcha atrás con su coche con calma y se marchó. Muchos vieron cómo mató a Fred Perez, un boxeador retirado de 72 años. Incluso, alguien que vio el crimen desde su ventana alcanzó a ver el número de la matrícula y llamó a la Policía. Momentos más tarde, Herbert fue capturado por la Policía mientras se desplazaba en su camioneta Chevy cargada de leña. Aquel fue su último crimen.

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Juicio y descubrimientos

Una vez en prisión, Herbert confesó sus crímenes y dijo que todo lo que había hecho se lo habían pedido las voces en su cabeza para así prevenir un terremoto. Herbert aseguró que la razón por la que no sucedió un terremoto recientemente se debía a su labor. Herbert Mullin fue acusado de diez homicidios y su juicio comenzó el 30 de julio de 1973, debido a que el acusado admitió sus crímenes, el juicio sirvió para determinar si era demente o culpable de sus acciones.

Como evidencia a favor de la hipótesis según la cual Herbert no estaba cuerdo y había sufrido un serio menoscabo en sus facultades mentales, los oficiales presentaron una carta (encontrada en la habitación de Herbert) escrita por el asesino durante el día en que mató a Perez:

‹‹Que se sepa a las naciones de la Tierra y las personas que lo habitan, este documento tiene más poder que cualquier otro medio escrito antes. Una tragedia como lo que ha sucedido no debería haber ocurrido y debido a esta acción que tomo de mi propia voluntad estoy haciendo posible que se produzca de nuevo. Mientras pueda estar aquí tengo que guiar y proteger a mi dinastía››

De hecho, cuando el jurado llamó a los psiquiatras para que dieran su veredicto, la opinión fue unánime: Herbert Mullin era un esquizofrénico paranoico y su caso, como el de la mayoría de sujetos que presentan dicho trastorno, implicaba alucinaciones auditivas (las voces que lo incitaban a matar), pensamiento fragmentado, sistemas de creencias delirantes (los sacrificios humanos para evitar desastres) que incluían un patrón de importancia (él, por su fecha de nacimiento, creía que tenía una misión especial) y delirios de posesión de facultades psíquicas (él se creía telépata). En respaldo de lo anterior, el psiquiatra Donald Lunde puso una cinta en la que Mullin, a través de una canción hecha por él mismo, describía su delirante filosofía. La canción se llamaba “Die Song” y decía lo siguiente:

‹‹Ya ves, la cosa es que la gente se reúne, digamos, en la Casa Blanca. A la gente le gusta cantar la Canción de La Muerte, tú lo sabes, a la gente le gusta cantar la Canción de La Muerte. Si yo soy presidente de mi clase cuando me gradúe de la secundaria, yo podría nombrar dos, posiblemente tres jóvenes homo sapiens que morirán. Yo podría cantarles la canción a ellos y ellos tendrían que matarse a ellos mismos o ser asesinados —un accidente automovilístico, una puñalada, una herida de bala. ¿Tú me preguntas por qué es esto? Y yo digo, bueno, ellos tienen que morir con el fin de proteger la tierra de un terremoto, puesto que todo el resto de la gente en la comunidad ha estado muriendo a lo largo del año, y mi clase, nosotros tenemos que contribuir en eso para hablarle a la oscuridad, nosotros tenemos que morir también. Y la gente preferiría cantar la Canción de La Muerte que asesinar.

Yo creo que el hombre ha creído en la reencarnación conscientemente, verbalmente, por quizá unos diez mil años. Y, cuando ellos instituyeron esta ley…ellos solían practicarla, unos diez mil años atrás…Bueno, ellos dejan que un chico vaya a matar desaforadamente, tú sabes, el habrá matado desaforadamente quizá veinte o treinta personas. Luego ellos lo lincharan, tú sabes, o ellos tendrán otro asesino desaforado que lo mate. Porque ellos no quieren que él se vuelva demasiado poderoso en la próxima vida, tú lo sabes…››

Mullin ha envejecido en prisión, pintando y componiendo canciones.

Sin embargo, como Mullin cubrió las huellas de los asesinatos de los Gianera con el homicidio de Kathy Francis, la defensa descartaba la posibilidad de que estuviera completamente demente. El veredicto fue entregado el 19 de agosto de 1973: Herber Mullin fue declarado culpable por homicidio de primer grado tras asesinar a Jim Gianera y Kathy Frances, por ser crímenes premeditados. Mientras que los ocho asesinatos restantes terminaron con una sentencia de homicidio de segundo grado por ser crímenes impulsivos cuya naturaleza irreflexiva fue perfectamente expuesta en palabras del propio Herbert Mullin: “Una roca no toma una decisión mientras está cayendo, cae y eso es todo”

Herbert Mullin fue sentenciado a cadena perpetua y tendría opción de salir bajo palabra en el 2025, momento en el que tendrá 78 años. Actualmente es un convicto de la prisión estatal de Mule Creek, en Ione, California. Según reportes, en su tiempo libre suele pintar y escribir poesías, además de que aún preserva bastante de su esencia hippie pues medita con relativa frecuencia…

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FUENTES: 12345

 

[1]Herbert odiaba a los hippies porque, junto a Jim Gianera, eran para él los culpables de que su mente se haya alterado a causa de las drogas.

[2]Gianera, por sus actividades ligadas a las drogas, vivía en una cabaña de madera ubicada en un bosque por el que en general solo pasaban turistas.

9 Comments »

  1. Carlos 12 octubre, 2012 at 4:59 - Reply

    Que puedo decir. Que lastima de persona porque pienso que no lo hacia conscientemente, era guiado por su demencia.
    Pero por otra parte me pongo en el lugar de la familia de la victima, pues no se merecian eso

  2. coso 10 diciembre, 2012 at 2:18 - Reply

    Generalmente me horrorizo y me enojo y siento mucha lastima por las víctimas, pero no se por qué esta vez me maté de risa… es que lo de la canción fue demasiado, encima lo de que cuando era niño creía que otros niños recibían ordenes telepáticas, y lo del terremoto con el dibujito y todo eso, jajajaja, perdóname, Karma, por reírme de cosas tan horribles, pero no pude evitarlo.

  3. ana rosa 19 diciembre, 2012 at 12:31 - Reply

    La mente es muy compleja,al ver este relato, lo que me embarga es una profunda lastima porque no estaba en su sano juicio y nadie está libre de pasar por algo así o alguien cercano

  4. daniela 5 enero, 2013 at 13:08 - Reply

    O sea, yo leo historias de asesinos y esas cosas, y en todos los puntos encuentro que en algún minuto de su vida perdieron el rumbo y, como dice Freud, “la culpa es de la madre” =P

  5. Maax 8 enero, 2013 at 15:35 - Reply

    Tan Hippie no es el tipo eh!

  6. Friend 23 enero, 2013 at 0:35 - Reply

    Ese tipo de letras en sus canciones utilizan el lenguaje típico del esquizofrénico…. incoherentes hasta la hilaridad….. alguien una vez me comentó que el cerebro de un esquizofrénico es como una computadora con los cables conectados en el lugar incorrecto….. toda una confusión…. mucho peor que la dislexia….y por las alucinaciones sensoriales…. (pueden incluso percibir olores falsos, calor o frío inexistentes etc) ……mucho más peligrosa la enfermedad.

  7. Juancho 12 junio, 2013 at 8:01 - Reply

    Tonto hippie, en parte es de los padres la culpa, son muy rígidos; pero de allí a oír voces, el tipo era un trastornado mental.

  8. valeria 6 agosto, 2013 at 23:26 - Reply

    Me encantó esta pagina, todos las cosas que nos cuentan! nos permiten conocer un poco mas de las mentes retorcidas de estos tipos! pero una observación… pusieron nuero! & se dice yerno!

  9. themangano 29 octubre, 2013 at 15:21 - Reply

    Sería genial ponerle pista a alguna de sus canciones.

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